Primero hubimos de analizar “Preeminencia del Tiempo”; ahora en una segunda
aurora poética, nos trae el autor Leopoldo Minaya “Preeminencia del tiempo y otros poemas”, que placenteramente
vamos a comentar y, si la condescendencia del lector así me lo otorga, a criticar.
Hay en Leopoldo Minaya dos cualidades admirables que lo enciman en este mundo hostil
de envidias soterradas: alta poesía y modestia. Esto lo hace accesible a los demás y le augura un sitial bien ganado en los
Montes Elíseos, a donde van los héroes y los poetas, según señala la mitología griega.
Cuando en un hombre así –que además tiene un profundo concepto de la amistad- nos
llegan flores melodiosas de su mundo de creación, nuestra alma se alegra y nos urge el deseo de tirar a los vientos sus palabras
sonoras llenas de belleza…
Tal nos ocurrió con su nuevo libro “Preeminencia del tiempo y otros poemas”,
donde figura un sonetario –forma perenne del quehacer poético hispánico- pleno de lirismo y esplendor.
Entre esos sonetos tradicionales en la forma y revolucionarios en el contenido, hay uno
que Mariano Lebrón Saviñón cataloga como “fascinante” y que en verdad lo es, por la sinceridad con que en él se
retrata el poeta, sin aspavientos de vanidades y con un poco de ese amor sencillo y regocijante que tanta falta hace en nuestro
medio.
He aquí sus cuartetos (y tercetos):
(SONETO DE MI ROSTRO)
Este rostro alargado, con un dejo
De augusta ensoñación y diligente
Tristeza, cicatriz fija en la frente
(Así lo empiezo a ver sobre el espejo);
Este rostro lampiño que bosquejo,
Que me hace aparentar un reverente
Sacerdote, y se exhibe ante la gente
Desnudo, resistiendo a su complejo;
Este rostro de labios y nariz
Prominentes, con ojos como grutas,
Que no es apuesto, siendo verdadero;
Este rostro que toma otro cariz
-Por vergüenza y temor- cuando lo escrutas
Es el que adoras tú y así lo quiero.
La rima repetida en los cuartetos
es forma clásica que muchos de nuestros poetas de hoy respetan, para que el soneto no pierda su gracia primigenia.
Este libro que ahora comentamos es
una joya de apreciables quilates. Minaya juega con las metáforas y domina por igual el verso isosilábico y el libre. Conoce
el secreto de la metáfora fulgurante, pero esta viene a él espontánea como su amable sonrisa; porque es bueno, y lo es desde
el fondo del alma, y juega con la palabra bella.
Otra cosa ponderable en Leopoldo es
su cultura, acervo de magnificas vivencias… y es… Joven todavía.